Algo en mi interior me susurraba que debía hacerlo, cada parte de mi ser me exigía un último intento. Y preferí arriesgarme a vivir con la incertidumbre de lo que pudo haber pasado.
Aquel día hacía frío. Pero estaba tan centrada en lo que quería decirle que mi cuerpo era inmune a todo lo exterior. Mi cuerpo se convirtió en una acumulación de dudas y preguntas que necesitaba resolver de una vez por todas después de tantas evasivas. Cada palabra que recibía por tu parte me parecía insuficiente. No entendía que tener un gran sentimiento hacia una persona a veces no es suficiente si esa persona no tiene tan claro como tú lo que quieres en tu vida y lo que necesitas para ser feliz.
Me había sincerado con él de muchas formas, pero tras una pantalla las cosas no tienen el mismo valor.
Yo lo que quería era estar junto a ti,
decirte lo mucho que me hacías falta y que pudieses presenciar el dolor de mi alma a través de mis pupilas. Y eso hice. Salí del portal, decidida. En mi interior se hallaba una pequeña esperanza que no quería que se apagase, que se consumiese como la llama de una vela. Llegué a tu portal. Me temblaban las manos pero las ganas que tenía de hablar contigo eran mas fuertes que todo el temblor involuntario que sentía mi cuerpo. Lo que tardaste en bajar fueron los minutos más largos de toda mi existencia. En el momento en el que te vi torcer el pomo de la puerta, casi automáticamente mi corazón empezó a palpitar de una forma acelerada.
Solo quería intentarlo por enésima vez o tener una buena despedida. Me negaba a que nuestra última conversación fuese tras una pantalla. Solo bastó una mirada para que mis lágrimas empezasen a descender en picado por mi rostro. Quería decirte tantas cosas que cada palabra que soltaba me parecía insuficiente.
De aquella charla solo queda aquel último abrazo entre risas y lágrimas con sabor a despedida.
No pude evitar sentirme destrozada, sabía que era el final. Que por muchas ganas que tuviese de estar contigo yo ya había hecho todo lo que había estado en mis manos. Pero no valoraste mis esfuerzos.
Y eso era algo que perforaba mi corazón como si fuese un punzón haciendo agujeritos en una moqueta.
Y seguiste sin darme una buena respuesta.
A veces no es suficiente una atracción física, me decías. Pero era contradictorio. Meses antes, habías manifestado ante tus amigos que te encantaba mi personalidad, que era una chica increíble. Y eso corroboraba que que decías cosas que no sentías. Algo te frenaba. El miedo a no saber querer de la misma forma que yo, a que no funcionase o simplemente me veías poco suficiente. O eso es lo que siempre he creído.
Pero de todo se saca algo bueno.
Y a veces necesitamos escuchar un no quiero para poder salir del pozo sin fondo en el que me encontraba durante hacia ya casi dos años. Y aunque parezca mentira, a día de hoy puedo decir que ya no me duele recordarte. Pero por mucho que me esfuerce nunca querré a nadie con la misma intensidad. En mi corazón siempre tendrás un hueco, pero vendrán nuevos inquilinos que sepan como cicatrizar esa herida tan honda que dejaste en tu partida.
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